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30/09/2009 La invasión de la ira

México requiere un nuevo pacto social, inteligente y creativo, que inyecte esperanza y expectativas para reforzar el andamiaje social

RAYMUNDO RIVA PALACIO 30/09/2009

La cólera ha inundado el paisaje mexicano. Sus organismos transpiran encono y ganas de pelear. Abundan los síntomas, pero los remedios escasean. La incipiente e imperfecta democracia mexicana se encuentra en medio de las turbulencias no resueltas desde hace 15 años, cuando se presentó el dilema tocquevelliano de que había una sociedad que quería nacer y una que se negaba a morir. Típicamente mexicano, su solución se dejó para un mañana que no ha llegado.

México vive una anomia. El orden de valores y las normas de convivencia se han roto y parecería que ni siquiera nos hemos dado cuenta. Los medios de comunicación son la mejor expresión de este fenómeno destructivo. Han dejado de ser arena para el debate y desde sus tribunas, los role model de los mexicanos insultan y descalifican. El lenguaje que empieza a cundir como moda y ejemplo de libertad, beligerancia y superioridad, es soez y violento, uno que antes estaba confinado a las barriadas y que hoy contribuye a alimentar el discurso del odio.

Confundidos, confunden. La misma jerarquía se le da a la voz de una institución que a un criminal. Mayor credibilidad se le da a un delincuente que a un funcionario. Si una banda de narcotraficantes coloca una manta en alguna ciudad donde acusa a un miembro del gobierno de recibir dinero del grupo adversario, no se cuestiona el propósito del mensaje, sino que se acusa al funcionario de corrupto. Una entrevista con un criminal que grabó la forma como golpeaban y torturaban a los agentes federales que lo iban a capturar, que registró cómo violaban a una policía mujer y se regodeaba con la sangre de los golpes que les habían dado y festejaba al final los cuerpos muertos, es celebrada como "un golpe periodístico".

La defensa es que los medios no construyen realidades, las reflejan. Pero si los medios construyen realidades a partir de percepciones, como ha venido sucediendo en el desgaste sistemático de las instituciones, también la autoridad ayuda a estimular el imaginario criminal. Una de las políticas de comunicación gubernamental permanentes en televisión es presentar a narcotraficantes y secuestradores ante la sociedad frente a todas sus armas expuestas, con millones de dólares en fajos suculentamente gordos, y con una retórica de asombro sobre el tipo de mansiones en las que viven, los autos de lujo en los que se transportan, y la enorme cantidad de mujeres hermosas con las que se relacionan. Para miles de jóvenes en la generación perdida, sin expectativas de futuro, ¿no es eso una seductora invitación a ser parte de la delincuencia?

El mal diseño de la guerra contra el narcotráfico ha venido a tensar el tejido social y a trastocar el orden de las cosas. Al no haber definido el presidente Felipe Calderón los términos de la victoria en esta lucha, nadie sabe cuándo terminará ni cuáles son los indicadores reales del avance. Se ha detenido a 90.000 personas vinculadas con las bandas criminales en tres años y logrado los mayores decomisos de droga, armas y dinero en la historia de México y, en varios casos, del mundo entero, pero parece que siempre habrá nuevos reclutas a velocidad mayor de como los puedan ir metiendo en las cárceles. Muchos capos de cárteles han sido arrestados, pero siempre aparecen más, bajo la misma categoría de que "son muy importantes" en las estructuras criminales. Se mandó al Ejército a las calles sin fecha de retorno, y las tropas de élite, que nunca fueron entrenadas como policías militares, que era lo que les exigía la situación, comenzaron a violar derechos humanos. Hoy, las denuncias contra el Ejército son más frecuentes y más severas, y los militares están molestos con el gobierno por el desgaste innecesario.

Esta guerra contra las drogas ha sido galvanizador del trastrocamiento de valores que se vive y de la confusión reinante. Hay una discusión subterránea entre algunos segmentos de la sociedad que busca aclararse a sí misma si estamos enojados, o frustrados, o vivimos en incertidumbre. Hace unos días el Pew Research Center de Washington difundió su última encuesta sobre lo que piensan y sienten los mexicanos. Conclusión: aprobamos lo que se está haciendo, pero no queremos vivir en México mientras dura.

El 95% considera que la violencia derivada de las drogas es el problema más grande que tiene México. Al mismo tiempo, el 68% apoya al presidente Felipe Calderón, y el 66% dice que va ganando la guerra contra las drogas. Pero seis de cada 10 mexicanos -10% más que hace dos años-, dicen que se quieren ir del país por el miedo, la incertidumbre y la decepción en la corrupción que, casualmente, sólo focalizan en los políticos. Se palpa el miedo que muchos sienten cuando entran en un túnel donde no hay luz para vislumbrar la salida.

Pero si la sociedad civil está arrinconada y atemorizada, la sociedad política está enfrentada. El Gobierno de Calderón no tiene consenso nacional ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo social. Está en permanente confrontación con los partidos de oposición y una buena parte de los medios. Recientemente, con la presentación de un presupuesto diseñado únicamente para recaudar impuestos, el sector privado, que había estado de su lado, se le volteó y está enfrentado a él. La guerra contra el narcotráfico y la seguridad pública han agudizado en términos objetivos la crisis social, por el número de muertos en esa guerra -poco más de 90% de ellos son criminales, pero no dejan de ser mexicanos muertos-, y por la percepción nacional de inseguridad, como lo demuestran las encuestas.

Nadie parece tener un mapa de navegación para ir a puerto seguro. Es cierto que en varias ocasiones en la historia de México, la nación se ha partido. Pero también se ha reinventado. La última vez que sucedió esta renovación nacional fue en 1928, cuando como consecuencia del asesinato de un presidente electo, surgió un país con instituciones. Ese pacto social terminó en 1994, con el asesinado de un candidato presidencial. Pero el pacto no se renovó. Desde entonces, México camina con un traje nuevo en un cuerpo que huele a naftalina.

México ya no cabe en el traje que ha tenido desde hace ocho décadas, y varias voces se han levantado en la convocatoria de un nuevo acuerdo nacional. No son pocos los que ven con envidia los Pactos de la Moncloa y quisieran una reedición tropical. Pero ni siquiera han podido construir, como sí lo hicieron el Partido Popular y el PSOE, un pacto contra el terrorismo, con provisiones para que no fuera utilizado con fines electorales. En México es lo contrario. Amagos político-electorales dentro de la guerra contra las drogas y un rompimiento claro por la forma como se está llevando a cabo. La estrategia de la guerra contra las drogas ha ensanchado diferencias y minado las instituciones. La autoridad no inspira respeto, sino motiva insultos personales. La difamación y la calumnia se premian con aplausos, en un fenómeno de contagio acelerado porque los incentivos para hacerlos son enormes -fama, prestigio, reconocimiento público-. No los hay, en cambio, para la prudencia y la moderación, ni para la civilidad o para la cultura de la legalidad.

México está peor de lo que estaba en 1994, pero a diferencia de lo que piensan algunos, no es el retorno al pasado el mejor camino. Un nuevo pacto social es lo que necesita construirse. Pero inteligente y creativo. La guerra contra el narcotráfico ha fracasado en lo político, porque nunca se planteó dentro de un esquema integral. Se redujo al aspecto policial y la ruptura política es lo que consiguió. Se necesita cambiar el color al paisaje nacional, y moverlo del rojo de la sangre que los domina hoy. Se requiere inyectar esperanza y expectativas para reforzar el andamiaje social que se está cayendo. Es decir, poner fin al rumbo a la deriva que tiene al país moviéndose en círculos.

Raymundo Riva Palacio es director del sitio www.ejecentral.com.mx..